El caso de Highguard ya no puede leerse únicamente como el fracaso de un videojuego. Es, más bien, el reflejo de un problema cada vez más evidente en la industria: el abuso de publicidad pagada en eventos de alto perfil que vende ilusiones y entrega decepciones. Presentado con enorme protagonismo en The Game Awards, Highguard fue anunciado como una de las grandes apuestas del año. El escenario, la producción y el discurso prometían una experiencia ambiciosa. Sin embargo, la realidad posterior fue contundente: más del 90 % de sus jugadores abandonaron el juego en muy poco tiempo, dejándolo prácticamente sin comunidad activa.

Un desplome que no ocurre por casualidad
La caída masiva de jugadores no se explica solo por una mala semana o un lanzamiento complicado. Es el resultado de una experiencia que no cumplió lo que insinuó su presentación, generando frustración en quienes llegaron atraídos por el espectáculo.
Entre las principales quejas se repiten patrones claros:
- Jugabilidad que se vuelve monótona demasiado rápido
- Sistemas poco profundos disfrazados de complejidad
- Falta de contenido significativo a medio plazo
- Una identidad confusa que nunca termina de definirse
Highguard no era injugable, pero sí olvidable, y en un mercado saturado eso suele ser una sentencia.

Publicidad pagada: el verdadero elefante en la habitación
Uno de los aspectos más preocupantes de este caso es el papel de los grandes eventos como plataformas donde el dinero puede pesar más que la calidad real del producto. The Game Awards, como otros escaparates globales, se han convertido en un espacio donde no siempre se distingue entre talento genuino y campañas bien financiadas.
Highguard fue víctima y ejemplo de este fenómeno:
- Una presentación espectacular genera expectativas desmedidas
- El jugador asume que lo mostrado representa el producto final
- El juego llega sin estar a la altura del discurso promocional
- La decepción se traduce en abandono inmediato
El problema no es el evento, sino la falta de filtros claros entre lo que merece atención por mérito propio y lo que simplemente puede pagarla.
Cuando el hype mata al juego
Paradójicamente, Highguard quizás habría tenido un destino distinto con una presentación más honesta y modesta. Al colocarlo en lo más alto del escenario, el propio marketing lo empujó a una comparación que nunca pudo sostener. En lugar de crecer poco a poco, el juego nació con una presión imposible de cumplir. Y cuando esa burbuja estalla, el impacto es devastador.

Un futuro cada vez más incierto
Con una base de jugadores mínima, el panorama para Highguard es oscuro. Mantener soporte, justificar parches o planear nuevo contenido se vuelve inviable cuando la comunidad prácticamente desaparece. Sin una reinvención profunda o un relanzamiento radical, el título corre el riesgo de desaparecer silenciosamente, como tantos otros proyectos que fueron anunciados a lo grande y olvidados aún más rápido.
No todo lo que brilla en un escenario merece confianza
Highguard deja una lección incómoda pero necesaria: la publicidad pagada en eventos masivos puede crear grandes mentiras con envoltorio premium. Para el jugador, esto se traduce en tiempo perdido y confianza erosionada. Para la industria, en credibilidad dañada. Porque cuando el marketing habla más fuerte que el juego, el resultado casi siempre es el mismo: silencio y abandono.
