La conversación en torno a Marvel Rivals se encendió recientemente, pero no por una polémica dentro del juego, sino por el enfoque editorial del portal The Gamer. En lugar de analizar la nueva temporada Love Is a Battlefield desde su contenido, su diseño o su impacto en los jugadores, el medio volvió a insistir en algo que ya se ha vuelto costumbre en su línea editorial: exigir que el juego adopte discursos ideológicos y educativas que no forman parte de su propuesta original.
Lo preocupante no es una diferencia de opinión; eso siempre enriquecerá la industria. El problema es la presión constante por moldear los juegos según una visión política particular y por tratar al público como si necesitara ser “guiado” o “formado”.
Marvel Rivals no nació para sermonear, nació para competir
El punto central que The Gamer parece ignorar es evidente para cualquiera que haya jugado: Marvel Rivals es un shooter competitivo, no un manifiesto social. Su atención está puesta en el ritmo del combate, las sinergias entre personajes, la creatividad de sus mapas y el trabajo colaborativo dentro de cada partida.
Pero en lugar de evaluar la temporada por lo que ofrece nuevas mecánicas, ajustes, contenido temático y mejoras jugables el medio prefiere reprochar lo que no existe: discursos políticos, señales de activismo, o mensajes que busquen “educar” al jugador. La idea de que un estudio deba alterar su dirección creativa para cumplir con expectativas ideológicas externas es una postura que solo genera tensiones innecesarias. Un juego no deja de ser valioso porque no predique un mensaje sociopolítico.

La crítica moderna: más sermón que análisis
La crítica debería aportar claridad, contexto y perspectiva. Sin embargo, en casos como este, parece que algunos portales han decidido tomar otro camino: transformar sus columnas en espacios donde se dicta qué debe ser un juego, cómo debe pensar su público y qué causas deben abrazar los desarrolladores, el resultado es una crítica que se aleja del videojuego como producto cultural y se acerca más a una especie de supervisión moral, el jugador pasa a segundo plano; lo importante es empujar una narrativa. Y eso es un error.
Lo que el jugador pide no es ideología: es calidad
Si se consulta a la comunidad de Marvel Rivals, sus prioridades no tienen nada que ver con política. Los jugadores hablan de balance, de estabilidad en servidores, de mejoras en los roles, de mapas más pulidos y de estrategias que recompensen la habilidad, lo que quieren es un juego sólido, divertido y justo. Cuando un medio intenta convertir un shooter competitivo en una plataforma educativa, demuestra que se ha desconectado del público real, ese que juega sin esperar lecciones morales en cada actualización.

El riesgo de convertir al periodismo en un vigilante ideológico
Una crítica que exige que un juego “deba” transmitir ciertos mensajes deja de ser una crítica.
Se convierte en una supervisión y eso abre la puerta a algo peligroso, juzgar obras por su falta de alineación política, no por su calidad. Los videojuegos pueden tocar temas profundos cuando quieren hacerlo. Pero convertir en obligación algo que debería ser elección creativa es limitar la libertad del medio.
La industria ya enfrenta suficientes desafíos técnicos y económicos como para sumarle la presión de cumplir con agendas ajenas.
The Gamer no debe dictar qué debe pensar el jugador
El reciente artículo sobre Marvel Rivals refleja un problema creciente: la confusión entre informar y reformar, los videojuegos no necesitan sermones, necesitan análisis, los jugadores no requieren adoctrinamiento, necesitan respeto. Y los desarrolladores no tienen por qué moldear su obra para satisfacer expectativas ideológicas de terceros.
Marvel Rivals tiene espacio para mejorar, por supuesto. Pero señalar la falta de propaganda política como un defecto es una postura insostenible y desconectada de la esencia del gaming.
