La última edición de TwitchCon, celebrada este mes en San Diego, terminó convertida en un símbolo de lo que muchos temían: una comunidad cada vez más grande, pero menos segura. Durante el evento, la reconocida creadora Emiru fue víctima de un intento de agresión por parte de un asistente que cruzó las barreras del área de meet-and-greet y trató de besarla sin consentimiento. El hecho fue grabado por asistentes y rápidamente se viralizó, dejando al descubierto la fragilidad de los protocolos de seguridad y la lenta reacción del personal del evento.
El incidente que lo cambió todo
Según los testigos, el individuo se acercó directamente a la streamer aprovechando un momento de distracción de los organizadores, tocándola sin autorización antes de ser detenido por el equipo de seguridad personal de Emiru. Lo más alarmante fue que, pese a lo ocurrido, el agresor no fue retenido de inmediato, abandonando la zona sin intervención oficial.
La creadora, visiblemente afectada, declaró más tarde que el personal de Twitch no actuó con la rapidez ni la firmeza necesarias, y que la respuesta de la organización solo llegó horas después, cuando la presión pública ya había escalado. Este detalle, que podría parecer menor, refleja una falla estructural en la seguridad del evento y un desinterés institucional por priorizar la integridad de sus figuras más expuestas.

La inseguridad de ser mujer en un entorno público
El caso de Emiru no es un hecho aislado. Varias streamers y creadoras han señalado que asistir a TwitchCon o eventos similares se ha convertido en una experiencia incómoda e incluso peligrosa. Situaciones de acoso, persecución o contacto no deseado se repiten con frecuencia, mientras que las medidas de protección se mantienen superficiales o meramente reactivas.
Tras el suceso, numerosas creadoras expresaron en redes su decisión de no volver a participar en convenciones presenciales bajo el sello de Twitch, argumentando que el evento no ofrece garantías reales de seguridad. Este descontento, que ya se percibía desde años anteriores, ahora se siente más fuerte que nunca. La confianza en la organización está rota, y con ella, la promesa de un espacio seguro para la comunidad.
Una respuesta que llega tarde y mal
La reacción oficial de Twitch fue inmediata, pero insuficiente. En un comunicado, la compañía informó que el agresor había sido “expulsado permanentemente” del evento y de la plataforma. Sin embargo, varios testigos, incluida la propia Emiru, afirmaron que no hubo acción directa al momento del ataque, sino un intento de controlar el daño mediático una vez el tema se volvió viral.
Aún peor, algunos mensajes corporativos fueron interpretados como culpabilización indirecta hacia la víctima, al enfatizar que estos incidentes “no son comunes” y que los asistentes “deben seguir las normas de comportamiento”. Para muchos, este lenguaje encubría la falta de responsabilidad institucional y mostraba una distancia alarmante entre Twitch y su propia comunidad.

Un patrón que ya se repite
Lo más preocupante es que no se trata del primer incidente de este tipo. En convenciones pasadas, se registraron situaciones de acoso, robos e incluso filtraciones de información privada de creadoras. La historia se repite: Twitch promete reforzar medidas, el problema vuelve a ocurrir y el discurso no cambia.
El patrón es claro: más espectáculo, menos seguridad. La presión por mantener la conexión “cercana” entre fanáticos y creadores ha derivado en eventos cada vez más caóticos, donde la visibilidad prima sobre la protección. Y es justamente esa fórmula la que muchos dentro del ecosistema del streaming comienzan a cuestionar.
Un modelo que necesita reconstruirse
Lo sucedido en TwitchCon no debería verse como un incidente aislado, sino como el síntoma de una industria que aún no comprende la magnitud de su responsabilidad. Twitch no puede seguir operando bajo la idea de que su comunidad se autorregula; la realidad demuestra lo contrario.

Urge una revisión profunda: mayor control de accesos, equipos de seguridad especializados, protocolos diseñados con perspectiva de género, y sobre todo, transparencia real. No basta con comunicados ni con culpar a la “minoría problemática” del público.
Si las creadoras las verdaderas caras visibles de la plataforma ya no se sienten seguras participando en sus propios eventos, Twitch no solo tiene un problema de imagen: tiene un problema de identidad. Y en una industria donde la confianza es el pilar de todo, perderla puede ser mucho más devastador que cualquier bug en el sistema.
Preocupando realidad:
El caso de Emiru no debería quedar como un escándalo pasajero. Es una llamada de atención que exige cambios inmediatos y estructurales. Porque en el mundo del streaming, donde millones de personas observan cada detalle, la seguridad no debería ser un lujo… sino una garantía.
